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    Transcript

    When I was in high school (last couple of years of high school) they used to take us to this homeless shelter on Friday nights, and it was in downtown Sydney in a really rough area. And the homeless shelter was run by the St. Vincent de Paul Society, and it was a really uncomfortable experience, awkward experience, difficult experience. I think, for most of us as teenagers, just to go into that environment on a Friday night, and we used to feed the men—it was a shelter for men—we used to feed the men their dinner and then sit with the men and talk to them. And I think it was profound, and I think it was disturbing, and it was a really good piece of our education and I'm very, very grateful, in hindsight, that our teachers decided to make that part of our education because it was very powerful and it does have staying power. It is something that I remember. It is something that my friends remember. We talk about it from time to time.

    It's impossible to read the Gospels and not recognize that Jesus loved poor people and that he had an enormous compassion for our humanity. Usually when we talk about poor people, we think about people who don't have stuff or don't have food or don't have money, but the reality is that we're all poor in our own way. We're all dealing with a form or a type of poverty. Very often, we're unaware of it, of course. But the Gospel challenges us to say when Jesus heals the blind man—the Gospel challenges us to say: okay, in what ways am I the blind man? When Jesus cures the deaf person it challenges us to think about in what ways am I the deaf person. What have I been deaf to in my life? And when Jesus cures the lepers, he challenges us to say: okay, in what ways am I a leper, or in what ways have I made other people lepers, socially, politically, economically, or in any other way shape or form?

    And so poverty is much more universal than not having food or stuff. And so the Gospel is an invitation to explore our own poverty, and in many ways, it's by exploring our own poverty and understanding our own poverty that we develop compassion for everybody else in their particular type of poverty because we realize one of the most radical truths of Christianity, one of the most radical truths of Jesus's teachings, which is the idea that we're all in this together. And the radical generosity of St. Vincent de Paul, the radical life he lived by engaging with the poor and the poorest of the poor, materially poor, challenges us to remember that we're all in this together and there can't be some winners and some losers. We all win or we all lose, and that is a very radical truth in our society today, just as radical as it was 2,000 years ago. It has not lost its flavor.

    Transcript (Español)

    Cuando estaba en la secundaria —durante los dos últimos dos años— los viernes por la noche solían llevarnos a un refugio para personas sin hogar ubicado en una zona peligrosa del centro de Sídney. El refugio para personas sin hogar estaba dirigido por la Sociedad San Vicente de Paul, y fue una experiencia realmente incómoda, una experiencia extraña, una experiencia difícil. Creo que, para la mayoría de nosotros como adolescentes, el sólo entrar en ese ambiente un viernes por la noche y darle de comer a los hombres —era un refugio para hombres— nosotros solíamos darle la cena a los hombres y luego sentarnos y hablar con ellos. Yo creo que la experiencia fue muy impactante, creo que fue perturbadora, y a la vez fue algo muy bueno en nuestro proceso educativo. Yo estoy muy agradecido, en retrospectiva, que nuestros maestros hayan decidido incluir esto como parte de nuestra educación porque fue algo muy impactante y con un gran poder de permanencia. Es algo que yo recuerdo. Es algo que mis amigos recuerdan. Nosotros hablamos de ello de vez en cuando.

    Es imposible leer los Evangelios y no reconocer que Jesús amaba a la gente pobre y que tenía una enorme compasión por nuestra humanidad. Por lo general, cuando hablamos de gente pobre pensamos en personas que no tienen cosas o no tienen comida o no tienen dinero, pero la realidad es que todos somos pobres a nuestra manera. Todos estamos lidiando con una forma o tipo de pobreza. A menudo, no somos conscientes de ello, por supuesto. Pero el Evangelio nos desafía cuando Jesús sana al ciego —el Evangelio nos desafía a decir: Muy bien ¿de qué manera soy yo el ciego? Cuando Jesús cura a la persona sorda nos desafía a pensar: ¿de qué manera soy yo la persona sorda? ¿A qué he sido sordo en mi vida? Y cuando Jesús cura a los leprosos, nos reta a decir: ¿de qué manera soy yo un leproso, o de qué manera he hecho que otras personas sean leprosas en lo social, lo político, lo económico o de cualquier otra forma?

    La pobreza es mucho más universal que el hecho de no tener comida o cosas. El Evangelio es una invitación a explorar nuestra propia pobreza, y en muchos sentidos, es explorando nuestra propia pobreza y comprendiendo nuestra propia pobreza que desarrollamos compasión por todos los demás en su tipo particular de pobreza; porque nos damos cuenta de una de las verdades más radicales del cristianismo, una de las verdades más radicales de las enseñanzas de Jesús: la idea de que todos estamos juntos en esto. La generosidad radical de San Vicente de Paul, la vida radical que vivió junto a los pobres y los más pobres de los pobres, materialmente pobres, nos desafía a recordar que estamos todos juntos en esto y que no puede haber algunos ganadores y algunos perdedores. Todos ganamos o todos perdemos, y esa es una verdad radical en nuestra sociedad de hoy, tan radical como lo fue hace 2 000 años. No ha perdido su valor.

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