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Spanish Edition The Seven Levels of Intimacy (Paperback)

Capítulo Uno
Las Relaciones Sexuales No Son Intimidad

El Mito de las Relaciones Sexuales

Las relaciones sexuales no son intimidad. Sin duda, pueden ser una parte de la intimidad; pero no son iguales a la intimidad. No vienen con una garantía de intimidad, ni son absolutamente necesarias para la intimidad. Y, sin embargo, casi toda referencia a la intimidad en la cultura popular moderna, es una referencia a las relaciones sexuales. Si alguna vez hemos de experimentar la intimidad, primero tenemos que avanzar más allá de la inmadura noción de que relaciones sexuales e intimidad son sinónimas.

Intimidad es aquello sin lo cual una persona no puede vivir felizmente. Piénsalo. ¿Quiénes son las personas más felices que tú conoces, las personas que están prosperando verdaderamente? ¿Tienen relaciones sexuales simplemente, o tienen intimidad? Tienen intimidad, ¿cierto? Puede ser que también tengan relaciones sexuales, pero la base de su vida es una experiencia auténtica de intimidad. Tienen personas con las que pueden compartir su vida. Tienen un verdadero interés en las personas que las rodean. Tienen grandes relaciones.

Podemos vivir felizmente sin automóviles nuevos y ropas de diseñadores; podemos vivir y prosperar sin casas de ensueño; sin vacacionar en todos los lugares correctos—pero no podemos vivir felizmente sin intimidad. La intimidad es una de nuestras necesidades legítimas y un requisito previo para la felicidad. Puedes sobrevivir sin intimidad, pero no puedes prosperar sin ella.

Los seres humanos ansían la intimidad por encima de todo. Deseamos felicidad y, algunas veces, confundimos este deseo de felicidad con un deseo de placeres y posesiones. Mas un vez que hemos experimentado el placer o conseguido posesiones, todavía nos quedamos necesitando. ¿Deseando qué? Intimidad. Si tenemos intimidad, podemos pasar sin mucho y aún ser felices. Sin intimidad, todas las riquezas del mundo no pueden satisfacer nuestro corazón hambriento. Nuestro corazón seguirá intranquilo, irritable y descontento hasta que experimentemos la intimidad.

¿Que es la Intimidad?

La vida es una autorevelación. Se trata de revelarte. Cada día, de mil maneras, nos revelamos a las personas que nos rodean y al mundo. Todo lo que decimos y hacemos revela algo sobre quiénes somos; aún las cosas que no decimos y no hacemos dicen algo sobre nosotros. La vida se trata de compartirnos con la humanidad en este momento de la historia.

Las relaciones también son un proceso de autorevelación; pero con demasiada frecuencia gastamos tiempo y energía escondiendo nuestro verdadero yo unos a otros en ellas. Es aquí que encontramos la gran paradoja en nuestra lucha por la intimidad. Toda la experiencia humana es una búsqueda de armonía en medio de fuerzas opuestas, y nuestra búsqueda de intimidad no es diferente.

Ansiamos la intimidad, pero la evitamos; la queremos mucho, pero huimos de ella. A cierta profundidad, sentimos que tenemos una gran necesidad de intimidad, mas también tememos llegar allí. ¿Por qué? Evitamos la intimidad porque tener intimidad significa exponer nuestros secretos. Ser íntimo significa compartir los secretos de nuestro corazón, de nuestra mente y de nuestra alma con otro ser humano frágil e imperfecto. La intimidad requiere permitirle a otra persona que descubra qué nos mueve, qué nos inspira, qué nos impulsa, qué nos consume, qué enemigos silentes yacen dentro de nosotros y qué sueños locos y maravillosos llevamos en nuestro corazón.

Ser verdaderamente íntimo con otra persona es compartir cada aspecto de nuestro ser con es a persona.Tenemos que estar dispuestos a quitarnos nuestras máscaras y a bajar la guardia, a poner a un lado nuestras pretensiones y a compartir lo que está moldeando y dirigiendo nuestra vida. Este es el mayor regalo que podemos darle a otro ser humano: permitirle que simplemente nos vea por quiénes somos, con nuestras fortalezas y nuestras debilidades, con nuestras faltas, nuestros fallos, nuestras imperfecciones, nuestros defectos, nuestros talentos, nuestras habilidades, nuestros logros y nuestro potencial.

La intimidad requiere que le permitamos a otra persona entrar en nuestro corazón, en nuestra mente, en nuestro cuerpo, y en nuestra alma. En su forma más pura, es un compartir total e irrestricto de nuestro ser. No todas las relaciones merecen una intimidad tan completa, pero nuestra relación principal debe merecerla.

¿Qué es la intimidad? Es el proceso de mutua autorevelación que nos inspira a entregarnos completamente a otra persona en el misterio que llamamos amor.

¿Cual es tu historia?

Tú tienes una necesidad profunda de ser conocido. Dentro de cada uno de nosotros hay una historia que quiere ser contada. Intimidad significa compartir nuestra historia. Compartir nuestra historia nos ayuda a recordar quiénes somos, de dónde hemos venido y qué importa más. Compartir nuestra historia nos mantiene cuerdos.

Visita cualquier institución mental y descubrirás que la mayoría de los pacientes han olvidado su historia; simplemente no pueden poner los ayeres de su vida dentro de una memoria cohesiva y estructurada. Como resultado, pierden de vista el punto de referencia que el pasado nos provee para planear nuestro futuro. Cuando olvidamos nuestra historia, perdemos el hilo de nuestra vida y enloquecemos. En distintos grados, todos olvidamos nuestra historia y, en la medida en que lo hacemos, todos enloquecemos un poco. Las grandes relaciones nos ayudan a recordar nuestra historia, quiénes somos y de dónde hemos venido. Y de alguna manera rara y mística, recordando nuestra historia, nos celebramos de una manera muy saludable. ¿Cuál es tu historia? ¿Cuál es la historia de tu familia? ¿Cuál es la historia de tu relación?

Me fascina que si le pides a una pareja en la comida del ensayo de su boda que nos cuenten su historia—cuándo y cómo se conocieron, cuándo y dónde tuvo lugar la propuesta de matrimonio, etcétera— hay pasión y entusiasmo al contar la historia. Pero a medida que pasan los años, la respuesta a la pregunta “¿Cómo se conocieron?” se vuelve una respuesta de tres palabras, “En la biblioteca”, “En un avión”, “En un bar”. Este es un ejemplo clásico de cómo, con el tiempo, olvidamos nuestra historia o nos volvemos inmunes a su poder.

Solamente compartiendo nuestra historia con otra persona alguna vez nos sentiremos conocidos de una manera única. De otra manera, y te aseguro que esto sucede todos los días, podemos pasar por esta vida y a la próxima sin que alguien realmente llegue a conocernos. Imagina eso. Imagina vivir toda tu vida y nunca ser realmente conocido por alguien.

También tenemos una gran necesidad de compartir la historia de nuestras relaciones. Así como una persona que olvida su historia enloquece, lo mismo le pasa a una pareja que olvida su historia. No enloquecen al punto de ser internados en un asilo, pero ambos empiezan a hacer locuras que acaban llevando a la ruptura de la relación. A menos que puedan volver a descubrir el hilo de su relación, a menos que puedan recordar y apreciar su historia juntos otra vez, la ruptura de la relación inevitablemente lleva a la separación, o a una vida de desesperación callada dentro de una relación que ha enloquecido.

Realidad versus Ilusion

Las relaciones nos mantienen honestos. Proveen los espejos necesarios para vernos y conocernos. Aislados y solos, podemos convencernos de toda clase de locuras, pero otras personas lo mantienen real para nosotros, sacándonos de nuestro mundo imaginario. No dejan que nos engañemos; nos mantienen honestos. Las relaciones nos llevan de nuestras ilusiones a la realidad.

Veo esto todo el tiempo con mis siete hermanos. Una vez al mes ellos tienen algo que llaman la noche de los hermanos. Sin novias, sin esposas, sin hijos y sin amigos—sólo los hermanos. Se selecciona un restaurante y los correos electrónicos vuelan por el espacio cibernético confirmando la asistencia. Cada mes es la noche que más le echo de menos a estar en mi ciudad natal, Sídney, Australia. Siempre que estoy allí, me maravilla la dinámica: mis siete hermanos y yo sentados a la mesa, hablando de las idas y venidas de nuestra vida—situaciones del trabajo, nuestras relaciones, asuntos de familia y nuestros sueños y planes.

En ese foro, nos ofrecemos la honestidad brutal que todos necesitamos de vez en cuando. Puede ser que mis hermanos y yo no estemos siempre en lo correcto, pero hay un compartir de ideas y opiniones, y una franqueza en general que es saludable y útil. Bueno, esa clase de honestidad brutal puede ser agotadora día a día, pero una vez al mes nos ayuda a cuestionarnos de una manera muy constructiva.

Hace que seamos honestos con nosotros mismos, sacando a la luz nuestras ilusiones o nuestros engaños. Es esa honestidad brutal la que nos saca de nuestro mundo imaginario y destruye la visión falsa y expurgada de nosotros mismos. Y aunque puede ser incómodo, crea el ambiente dinámico que se necesita para crecer.

Es así que la intimidad es un espejo del verdadero yo. Conversar e interactuar con distintas personas en nuestra vida diaria saca a la luz las ilusiones que con frecuencia creamos y creemos sobre nosotros. Solos y aislados, tenemos una habilidad increíble para engañarnos y crear imágenes de nosotros mismos que, en las mejores circunstancias, tienen una sola dimensión. La intimidad nos rescata de nuestro mundo imaginario. Otras personas nos fuerzan a salir de nuestro mundo imaginario y proveen los espejos necesarios para conocernos.

La próxima vez que notes que alguien está haciendo algo que te moleste en particular, aléjate de la situación y mira un poco más profundamente. Es probable que veas algo de ti en esa persona. ¿Es lo que te molesta algo que haces de vez en cuando? ¿Quisieras estar haciendo lo que esa persona está haciendo? ¿Acostumbrabas hacerlo? Igualmente, la próxima vez que sientas realmente la calidez de la admiración surgiendo en ti, examínate. ¿Es lo que admiras en esa persona una cualidad que tú también posees, más o menos? ¿Quisieras poder celebrar esa cualidad más en ti?

Las personas nos presentan a nosotros mismos. Compartirnos con otras personas nos ayuda a comprendernos; en el proceso, nos revelamos a los demás y también los ayudamos a descubrirse a sí mismos. La mayoría de las personas tiende a pensar en sí mismas como ferozmente independientes, como si ser dependientes fuera una gran debilidad y razón para avergonzarse. La realidad es que somos interdependientes y estamos mucho más conectados de lo que la mayoría de nosotros se da cuenta. En el siglo XX, la humanidad parecía preocupada por conquistar la independencia. El siglo XXI será un siglo de interdependencia o de tremendo sufrimiento. La gran verdad en la que tenemos que enfocarnos es que todos estamos en esto juntos; tanto en nuestras relaciones individuales como en las relaciones entre naciones, ésta es la idea que más puede avanzar en la humanidad. Todos estamos en esto juntos.

Es demasiado fácil convencernos de que podemos vivir nuestra vida y cumplir nuestro destino sin la ayuda de otras personas. De muchas maneras, nuestro destino no está en nuestras manos—al menos, no completamente; de muchas maneras no somos independientes; somos interdependientes. La independencia es sólo un ejemplo de las ilusiones que nos previenen de entrar en relaciones a profundidad.

Las relaciones dinámicas y vibrantes nos ayudan a rendir nuestras ilusiones a favor de la realidad frecuentemente menos perfecta, pero siempre más satisfactoria.

¿Por Qué Tenemos Miedo?

El problema es que tenemos miedo. Tenemos miedo a revelarnos, a compartirnos, a permitirles a otras personas que entren en nuestro corazón, en nuestra mente y en nuestra alma. Tenemos miedo a ser nosotros mismos; a que si las personas llegan a conocernos realmente, no nos amen. Ese es el miedo más profundo de todos los seres humanos, que acecha en el corazón de cada persona. Consciente o subconscientemente, siempre estamos preguntándonos “Si realmente me conocieran, ¿todavía me amarían?” Queremos desesperadamente amar y ser amados; pero queremos ser amados por quiénes somos, verrugas y todo y, aunque tememos revelarnos por la posibilidad del rechazo, es solamente revelándonos que alguna vez abriremos la posibilidad de ser amados verdaderamente. Con este temor comienza El gran engaño. Este temor origina la pretensión interminable. Todos somos defectuosos y todos tenemos faltas. Ninguno de nosotros es perfecto. No obstante, todos tratamos de mostrar lo mejor de nosotros mismos, de esconder la fragmentación, pretendiendo que lo tenemos todo bajo control y que todo está bien.

Piénsalo. Cuando acabas de conocer a alguien, o estás en las primeras etapas de andar juntos; en una entrevista de trabajo o cuando te están presentando a los amigos de tu pareja, muestras tu lado bueno y ellos hacen lo mismo. Entonces, cada uno espera a que se revele la verdadera persona—que se revele por medio de la vida, de las experiencias, del proceso de la intimidad.

No podemos ser amados por quiénes somos si no nos revelamos. Sin revelarnos, nunca experimentaremos la intimidad. Si no estamos dispuestos a revelarnos, siempre estaremos solos.

Experimentarás la intimidad solamente en la medida en que estés preparado a revelarte. Queremos ser amados, pero nos aguantamos pensando que nuestras faltas serán juzgadas y usadas como excusa para dejarnos fuera; pero si no nos revelamos, siempre estaremos pensando: “Si realmente me conociera . . . ” o “¿Qué pensaría si supiera . . . ?”

Nos escondemos porque pensamos que la gente nos amará menos si en verdad nos conoce; pero, en la mayoría de los casos, lo opuesto es verdad. Si estamos dispuestos a arriesgarnos, y revelarnos tal y cómo somos, descubriremos que la mayoría de las personas están satisfechas sabiendo que somos humanos. ¿Por qué? Porque ellas también son humanas y están llenas de los mismos temores. En la mayoría de los casos encontrarás que las cosas que pensamos causarían que las personas dejaran de amarnos, en realidad las hacen amarnos. Hay algo glorioso acerca de nuestra humanidad. Fuerte y débil, el ser humano es asombroso. Nuestra humanidad es gloriosa y debe ser celebrada. Cuando revelamos nuestras luchas, les damos a los demás el valor para hacer lo mismo.

La verdad es que cuando revelamos nuestras debilidades las personas se sienten más en paz con nosotros y están más prontas a responder expresando el deseo de estar ahí para nosotros que a rechazarnos. Todo el mundo tiene un lado oscuro y, sin embargo pretenden que no. Esta es la pretensión interminable. La intimidad requiere que estemos preparados para revelar nuestro lado oscuro, no para sorprender o lastimar a la otra persona, sino para que pueda ayudarnos con nuestros demonios interiores.

Mi propia experiencia sugiere que estar dispuestos a compartir nuestras debilidades es una tremenda señal de fe, que alienta a otras personas a bajar su guardia. Cuando compartimos la manera en que luchamos con nuestras debilidades, alentamos a las personas en sus propias luchas. Y mientras estemos luchando sinceramente para avanzar más allá de nuestras debilidades y convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos, descubrimos, para sorpresa nuestra, que somos más amados a causa de nuestras debilidades, cuando nos manifestamos en nuestra cruda e imperfecta humanidad, que cuando pretendemos tenerlo todo bajo control.

Una locura, ¿cierto? Queremos ser amados, pero tememos tanto el rechazo que preferimos ser amados por ser alguien que no somos a ser rechazados por ser quiénes somos. La madurez llega cuando aprendemos a apreciarnos a nosotros mismos; a partir de ese momento, preferiremos ser rechazados por quienes verdaderamente somos que amados por pretender que somos alguien que no somos. Eso es la autoestima. No es sentirse bien, es algo práctico, es real y va directo a la esencia de la decisión más difícil que tomaremos jamás: la decisión de ser nosotros mismos. Es en este respecto que la impactante, profunda observación que desarma de Hugh Prather siempre me ha conmovido: “Voy a agradarle a unas personas y a otras no, así que más vale que sea yo”. Eso es lo que todos ansiamos, ser amados por quiénes somos. Y es por eso que es tan importante que nos permitamos experimentar la autorevelación de la intimidad.

Soledad y Adicción

Si no estamos dispuestos a vencer este temor al rechazo, siempre habrá una sensación de soledad en nuestra vida. La soledad tiene muchas formas. Algunas personas se sienten solas simplemente porque no tienen contacto con otros seres humanos; otras se sienten solas aun estando en un salón lleno de gente. Unas personas se sienten solas porque son solteras; otras están casadas y se sienten solas. Y aun otras se sienten solas porque se han traicionado a sí mismas y ansían y echan de menos a su ser perdido. La soledad parece ser una de esas cosas que siempre están acechándonos en el fondo, una de las experiencias de la vida que nunca conquistamos, algo que nunca se vence de una vez por todas.

La sensación de que nadie realmente nos conoce puede ser una de las más debilitantes formas de soledad, y está promovida por nuestra falta de disposición para revelarnos.

Es aquí que completamos el círculo. Ansiamos la intimidad, huimos de ella, nos decimos que necesitamos ser libres de lazos emocionales, pero acabamos en una u otra clase de esclavitud.

Al no estar dispuestos a participar en los rigores de la intimidad, tratamos de llenar el vacío creado por la falta de intimidad en nuestra vida, y así nacen las adicciones. El pozo sin fondo que se crea por la ausencia de intimidad exige que se le alimente, y si no lo hacemos de una manera saludable, nos encontraremos alimentándolo de maneras que nos destruyen. Unos tratan de llenar el vacío con alcohol, otros comprando, unos con drogas, otros con una serie interminable de breves relaciones; y en una cultura que iguala la intimidad a las relaciones sexuales, un número creciente de personas trata de llenar el vacío con experiencias sexuales. El resultado es un vacío creciente. Cada uno de éstos es, simplemente, un intento distinto de llenar el vacío creado en nuestra vida por la falta de verdadera intimidad. Todas las adicciones son el resultado de tratar de llenar ese vacío de una manera malsana. Las adicciones se encuentran entre los autodelirios más fuertes que experimentamos; son creadas por autodelirios y, a cambio, crean todavía más autodelirios. Las adicciones nos desconectan de la realidad; así pues, ¿por qué gravitamos hacia los objetos de nuestras adicciones? La razón es profundamente sencilla: porque cambian la manera en que pensamos de nosotros mismos. Nuestras adicciones nos halan cada vez más hacia nuestro egocéntrico mundo imaginario, mientras que la intimidad nos saca de nuestra autoabsorción y nos adentra en una experiencia de otras personas, del mundo y de nosotros mismos. Nuestras adicciones mantienen vivas nuestras ilusiones, y la ilusión a la que nuestras adicciones son más fieles es la creencia que somos el centro del universo.

La verdadera intimidad llega a liberarnos de nuestra soledad; pero cuando huimos de ella, con frecuencia nos encontramos esclavizados por la adicción.

Intimidad y los Cuatro Aspectos de una Persona

La intimidad no es sólo física ni sólo emocional—es multidimensional. Combina misteriosamente los cuatro aspectos del ser humano: el físico, el emocional, el intelectual y el espiritual; por lo tanto, es importante entender la intimidad según afecta y es afectada por cada uno de los cuatro aspectos del ser humano.

Intimidad física

La intimidad física es fácil. Comienza con un apretón de manos, una sonrisa o un beso en la mejilla; mas también puede ser manipulada fácilmente. Los buenos políticos son expertos en esto; pasan la vida dando apretones de mano y besando a bebés, porque saben que hasta la más ligera intimidad física crea un sentimiento de cercanía y de pertenecer. Yo he notado que los que son particularmente buenos interactuando con las personas en un breve encuentro siempre usan ambas manos al saludar; pueden darte una mano y con la otra tocarte suavemente en el brazo o en el hombro. Haciéndolo, crean esa sensación extra de cercanía, hasta de unidad. Si un gesto tan pequeño puede crear un sentimiento de unidad, cuán extraordinaria tiene que ser la unidad cuando dos personas tienen relaciones sexuales.

Esto explica el lazo creado entre un hombre y una mujer a través del acto de hacer el amor. También explica el dolor que sienten las personas después de separarse de alguien con quien han estado sexualmente activas. Los dos se han convertido en uno, y después han sido destrozados; aun años más tarde, todavía experimentan el dolor y la desorientación de la separación. En el acto sexual, dos personas se convierten en una de una manera muy real, y unir es significativamente más fácil que separar. Muchas tienen la sensación de desorientación después que una relación sexual ha terminado, pero no están conscientes de la causa de esta desorientación. Múltiples compañeros sexuales pueden aumentar la desorientación. Con cada encuentro sexual, dejamos un pedazo de nosotros mismos con la otra persona y esto crea la sensación de ser halados en distintas direcciones, rasgados en dos pedazos, lo cual produce desorientación.

Así que aunque pienso que es importante enfatizar que las relaciones sexuales no son iguales a la intimidad, también es importante señalar que el poder de nuestra sexualidad es mucho más que físico. De hecho, aunque la segunda mitad del siglo XX sostiene haber investigado nuestra sexualidad, yo propondría que ni siquiera hemos empezado a comprender el impacto multidimensional que las relaciones sexuales tienen en el ser humano. Nuestra sexualidad es un instrumento poderoso en nuestra búsqueda para convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos; podemos usarla, al igual que muchas cosas en este mundo, para fomentar esa causa o para obstaculizarla. La vida consiste en decisiones.

Es también importante notar que todas nuestras relaciones tienen un aspecto físico. Hasta en una relación con nada al teléfono o al ciberespacio, estás experimentando a la otra persona a través de tus sentidos (hablando, escuchando o sentándote, escribiendo en el teclado y leyendo).

Algunos pueden asegurar que no hay una dimensión física en su relación con Dios, mas, de nuevo, mientras que esta relación es predominantemente espiritual, tiene un aspecto físico. Unas personas se arrodillan para rezar; otras se sientan en una posición meditativa; algunas levantan las manos; otras caminan mientras realizan sus rutinas y rituales espirituales y algunas se prostran para orar. Nuestro cuerpo físico es el vehículo a través del cual lo experimentamos todo en esta vida.

Intimidad emocional

El segundo aspecto del ser humano es el emocional. La intimidad emocional es mucho más difícil de alcanzar que la intimidad física; requiere una humildad y una vulnerabilidad con las que la mayoría de nosotros no está cómoda al principio. Por lo tanto, el proceso de volverse emocionalmente íntimo es lento. Hasta en las mejores relaciones, con la persona más verdadera, nos toma tiempo estar convencidos de que es seguro bajar la guardia. Y si hemos sido lastimados en el pasado puede tomar más tiempo. El laberinto de nuestras opiniones, nuestros sentimientos, nuestros temores y nuestros sueños es algo que guardamos muy de cerca, como debemos.

Al mismo tiempo, no debemos permitir que el temor a revelarnos se vuelva nuestro estado natural. A medida que avancemos a través de los siete niveles de la intimidad, veremos que hasta en las relaciones más secundarias, hay maneras en que podemos revelarnos sin hacer que la otra persona se sienta incómoda y sin amenazar nuestro sentido del ser personal. La vida es una revelación de nosotros mismos. Cada vez que encontramos a alguien, debemos revelarle algo sobre nosotros. Puede ser que ni siquiera sepa tu nombre, pero si sonríes y dices “Gracias” o “Buenos días”, sabrá algo sobre ti. Siendo cortés y amistoso, has revelado algo sobre ti.

Revelándonos de una manera positiva está en el centro de la intimidad. En el campo emocional, la intimidad con uno mismo y con otras personas está impulsada por la observación—observarnos a nosotros mismos en primer lugar, saber cómo ciertas personas, situaciones, circunstancias y oportunidades te hacen sentir; la observación de los demás, en segundo lugar, abriendo los ojos, los oídos y el corazón para saber cómo te responden las personas. ¿Cuál es su lenguaje corporal? ¿Están cómodas a tu alrededor? Si no, ¿qué las incomoda? ¿Hay algo que debes cambiar sobre la manera de relacionarte con las personas?

La intimidad emocional no puede ser aislada de los otros tres aspectos del ser humano. De mil maneras que no hemos siquiera empezado a comprender, la intimidad física, la emocional, la intelectual y la espiritual están interconectadas.

Intimidad intelectual

El tercer aspecto de la persona humana es el intelectual. Al igual que la intimidad emocional, toma más tiempo establecerla que la intimidad física. La creación de la intimidad intelectual requiere tanto variedad como un número de experiencias. Se establece por medio de la conversación, experimentando diferentes eventos culturales y políticos, y en una variedad de maneras que muestren nuestra filosofía personal de la vida.

Es importante notar que aunque personas que tengan puntos de vista similares pueden establecer una intimidad intelectual más rápidamente al principio de una relación, no se necesita tener puntos de vista idénticos en todos los asuntos para mantener una relación vibrante. Tener puntos de vista similares sobre cosas como cuál crees que es el propósito de la relación es de una importancia obvia, y puede ser esencial para hacer posible que la relación crezca y prospere; pero tener puntos de vista similares también puede ser perjudicial para una relación. Pueden estar de acuerdo en una cuestión, mas tu punto de vista puede estar parcializado o hasta equivocado, y como ambos tienen el mismo punto de vista, tu parcialidad no es cuestionada, y la estrechez mental que la causó tan sólo es confirmada por tu relación.

La intimidad intelectual florece en un ambiente sin prejuicios. Distintas personas tienen distintas ideas. Tus ideas no siempre son correctas, y sus ideas no siempre están equivocadas. Mantener una mente abierta es una parte importante de la intimidad intelectual.

Si hemos de profundizar realmente en la belleza y en el misterio de la manera en que las personas piensan, tenemos que condicionarnos para mirar más allá de las ideas mismas. De esta manera podemos descubrir más sobre las personas que amamos que las ideas que nos digan. Demasiadas veces prejuzgamos a las personas por una idea que expresan. El secreto está en mirar más allá de la idea y descubrir qué ha hecho que la persona crea que esa idea es buena, cierta, noble, justa o hermosa. Lo más fascinante no es lo que las personas piensan o creen, sino por qué piensan y creen lo que piensan y creen.

La intimidad intelectual es mucho más que simplemente saber lo que una persona piensa y cree sobre una variedad de asuntos o temas. Se trata de conocer cómo una persona piensa—qué impulsa, inspira y motiva sus ideas y sus opiniones.

Intimidad espiritual

El cuarto aspecto del ser humano es el espiritual. La intimidad espiritual es la forma más rara y elusiva de intimidad. Algunas parejas que tienen intimidad espiritual tienen virtualmente idénticas creencias religiosas tradicionales, mientras que otras parejas que disfrutan esta rara intimidad tienen creencias o maneras de expresar sus creencias tremendamente diferentes.

La intimidad espiritual comienza con un respeto mutuo y florece en la idea que el que ama hará todo lo que esté en su poder para ayudar a la persona amada a convertirse en la mejor versión de sí misma. Es razonable, pues, que el que ama nunca haría nada para hacerle daño a la persona amada o para causarle que se convierta en menos de aquello para lo que fue creada. Este es el primer principio de la intimidad espiritual. La intimidad espiritual, aunque no exige un consenso en todos los asuntos, lo exige acerca de nuestro propósito esencial.

Nuestro propósito esencial es la base sobre la cual edificamos una vida llena de pasión y propósito. Tú estás aquí para convertirte en la mejor versión de ti mismo; este propósito esencial también provee el propósito común para toda relación. El primer propósito de toda relación es ayudarse mutuamente a convertirse en la mejor versión de sí mismos. No importa si la relación es entre esposos, padres e hijos, amigos y vecinos o ejecutivo de negocios y cliente. El primer propósito, la primera obligación y la primera responsabilidad de una relación es ayudarse mutuamente a lograr su propósito esencial.

Este propósito común es la base de la intimidad espiritual. Puede ser que hayamos investigado el aspecto físico del ser humano, que hayamos profundizado en el aspecto emocional y psicológico del ser humano y que tengamos un entendimiento razonable de las facultades y capacidades intelectuales del ser humano, pero lo que forma el aspecto espiritual del ser humano y su potencial sigue siendo de muchas maneras un territorio inexplorado. La razón es que nuestro potencial espiritual es difícil de explorar y fácil de descuidar.

En el área de la intimidad espiritual, hay una trampa en la que podemos caer fácilmente ya sea que nos consideremos personas espirituales o no. En las relaciones, especialmente si estamos en una relación extraordinaria, podemos encontrarnos expuestos a un tipo raro de idolatría. De ninguna forma algo del pasado, la idolatría ocurre cuando asignamos mal nuestras prioridades. Hay un orden natural, según el cual la mayoría de las personas está orientada: Dios, familia, amigos, trabajo, recreo, etcétera. Si nos encontramos en una relación con una persona capaz de satisfacernos de maneras que no hemos conocido anteriormente, el peligro es amar este regalo más que a quien nos lo da.

La intimidad espiritual se aborda mejor como una aventura de mente abierta en la cual buscamos descubrir la verdad de cada situación y aplicar esa verdad a medida que luchamos para ayudarnos mutuamente a convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos.

En un mundo de fragmentos de estereotipos y sonidos, cuando hablamos de espiritualidad es fácil conjurar imágenes de quema de incienso y música instrumental ligera de fondo. Esto es pasar por alto trágicamente la verdadera obra de la espiritualidad, que es crecer en virtud para lograr nuestro propósito esencial (convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos). El papel de la espiritualidad en relaciones es proveer los instrumentos necesarios para ayudarnos a crecer en virtud.

La virtud hace posible toda relación respetable. Dos personas pacientes tendrán una relación mejor que dos impacientes. Dos personas generosas tendrán una relación mejor que dos personas egoístas. Dos personas indulgentes tendrán una relación mejor que dos personas que escogen guardar rencor y se niegan a perdonar. Una pareja considerada tendrá una relación mejor que una desconsiderada. Dos personas fieles siempre tendrán una relación mejor que dos infieles. Dos personas disciplinadas siempre tendrán una relación mejor que dos indisciplinadas.

La virtud hace grandes relaciones.

¿Por qué? La virtud es la base del carácter; puedes edificar tu vida basándote en virtudes como la paciencia, la bondad, la humildad, la amabilidad, el perdón y el amor, o puedes basarla en caprichos, antojos, fantasías, necesidades ilegítimas y deseos egoístas. Lo primero creará una vida de pasión y propósito, y lo último creará una vida irritable, intranquila y descontenta.

¿Está la virtud fuera de moda? Sólo si ya no nos interesa tener grandes relaciones.

En nuestras relaciones, tenemos que tomar la misma decisión. Crearlas sobre una base de virtud o de egoísmo. Si escogemos basar nuestras relaciones sobre la meta común de convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos, y comprender que la mejor manera de perseguir esta meta es creciendo en la virtud, es muy probable que nuestra relación esté marcada con alegría y satisfacción. Por otra parte, si escogemos crear nuestra relación basándonos en nuestros caprichos, antojos y deseos egoístas inestables, es muy probable que nuestra relación esté marcada por un espíritu irritable, intranquilo y descontento.

Por supuesto, si ya hemos comenzado una relación basándonos en los terrenos cambiantes del placer personal más bien que en el terreno sólido del propósito común, puede ser necesario demoler ciertas partes de la relación para construir una base más fuerte. Este es un proceso doloroso y requiere una disciplina y un compromiso enormes de parte de ambos, porque es muy fácil volver a los patrones anteriores.

La intimidad espiritual es la forma más compensadora de intimidad y la más difícil de lograr. Una vez que hayan probado la intimidad espiritual, descubrirán que la intimidad física, emocional e intelectual aunque asombrosas en sí, no pertenecen al mismo campo que la intimidad espiritual. También descubrirán que a medida que crecen en la intimidad espiritual, su experiencia de la intimidad física, emocional e intelectual también aumentará. En el centro del ser humano está el alma ansiando ser alimentada y nutrida.

En nuestra búsqueda de intimidad, tenemos que ir más allá de nuestra preocupación por lo físico y comprender lo que cada uno de los cuatro aspectos tiene que contribuir a nuestras relaciones. La intimidad física está limitada; pero la intimidad emocional, intelectual y espiritual no tienen límites, y están relativamente inexploradas. Y para decir la verdad, si realmente quieres experimentar lo más elevado de la intimidad física, primero tienes que explorar y desarrollar lo más profundo de la intimidad emocional, intelectual y espiritual.

Debemos prestar atención cuidadosamente a crecer continuamente en cada una de las cuatro áreas de la intimidad, especialmente, si estamos empezando una relación.

Permíteme hacer esta comparación como ejemplo. A veces una joven muy hermosa se da cuenta rápidamente de que las personas le prestan más atención a ella que a otras, están más dispuestas a ayudarla, quieren complacerla y en muchos casos le darán lo que quiera—simplemente porque es muy hermosa. En el momento, ella piensa que eso es maravilloso; sus amigas también pueden desear la atención que ella recibe; pero, a su tiempo, empieza a impedir su desarrollo en otras áreas. Comienza a sobreestimar su aspecto físico y a preocuparse por él, y empieza a ver la realidad en relación con su belleza física, lo cual, con el tiempo, creará una distorsión en su carácter. Por supuesto, lo mismo puede pasarle a un hombre joven. El punto es que cada uno de los cuatro aspectos de una persona debe ser nutrido por igual. Es la madurez de los cuatro lo que crea la armonía y la realización de toda la persona.

Otro abuso muy común ocurre entre las personas que se consideran religiosas o espirituales. Persiguen su espiritualidad con un abandono excesivo, pero descuidan su aspecto físico, emocional e intelectual.

Lo mismo pasa en las relaciones. Cuando la intimidad física se establece demasiado rápidamente, podemos pensar que es maravilloso, mas casi inmediatamente comienza a impedir el crecimiento de la relación. Empezamos a sobrevalorar la intimidad física, a preocuparnos por ella, y a valorar y juzgar nuestra relación basándonos en ella. El resultado es que descuidamos la nutrición de los aspectos emocional, intelectual y espiritual de la relación y, con el tiempo, ese descuido creará una distorsión de su carácter mismo.

La intimidad es compartir el viaje para convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos con otra persona; es una mutua revelación de nosotros mismos que ocurre gradualmente, no puede ser apurada y sólo puede ser realizada por la dedicación del tiempo. Sobre todo, es crítico que reconozcamos que la intimidad no puede ser con nada simplemente al campo físico, o a ningún otro campo. Así pues, a medida que avanzamos a través de los siete niveles de la intimidad en la segunda parte de este libro, es importante prestarle atención a la manera en que cada nivel de la intimidad afecta el aspecto físico, emocional, intelectual y espiritual de nuestras relaciones.

Llegando a Sentirnos Comodos con Nosotros Mismos

Cada año visito más de cien ciudades en los Estados Unidos como parte de mi programa regular de charlas, y en la mayoría de esas ciudades visito una escuela secundaria. Uno de mis temas favoritos en ese marco es el de las decisiones y cómo afectan nuestra vida. Después de una breve introducción, usualmente les pregunto a los estudiantes cuáles piensan que serán las decisiones más grandes que tomarán en los próximos quince años. Siempre citan las mismas cosas: a qué universidad ir, qué carrera seguir y con quién se casarán.

Entonces les pregunto cómo van a escoger una universidad, una carrera y a la persona con quién se casarán; usualmente, las respuestas van desde “un gran cuerpo” hasta “mucho dinero” y desde “intereses comunes” hasta “un buen sentido del humor”. Considerándolo todo, me asombra la importancia que la gente joven le da a las opiniones de sus compañeros y lo inseguros que tantos jóvenes están hoy día, en un mundo en el que tienen más oportunidades que cualquier generación anterior.

Hace algún tiempo, en una escuela secundaria para niñas en Louisville, Kentucky, nuestra discusión se dirigió hacia cómo llegar a sentirnos cómodos con nosotros mismos. Nuestra cultura les envía muchos mensajes distorsionados sobre cómo lucir, actuar y vivir tanto a los muchachos como a las muchachas. Creo que nuestra cultura es particularmente cruel de esta manera con las mujeres; los mensajes que están siendo comunicados constantemente en las películas, en revistas y en la televisión pueden ser tremendamente dañinos para la psique y el sentido de sí misma de una muchacha.

Una de las jóvenes preguntó “Y ¿cómo se aprende a sentirse uno cómodo consigo mismo?”

“Tienes que aprender a disfrutar tu propia compañía”, respondí. “Antes de aprender a estar con otra persona, necesitas aprender a estar sola. Hasta que aprendas a estar contigo misma, siempre tendrás miedo a estar sola.

“Si no estás cómoda sola, si no estás cómoda en tu propia compañía, hay un gran peligro de que acabes andando con los amigos equivocados porque te asusta estar sola . . . y, peor que eso, si no aprendes a disfrutar tu propia compañía, es muy probable que acabes saliendo con los muchachos equivocados y casándote con el hombre equivocado porque expresarás tu temor a estar sola”.

Las muchachas siempre se ríen cuando les digo “Una vez que hayan aprendido a disfrutar su propia compañía y se sientan cómodas consigo mismas, se darán cuenta muy rápidamente que la mayoría de los muchachos no valen la pena, y descubrirán que un baño caliente y un buen libro son mejores que la mayoría de ellos”.

Lo que es verdad para estas jóvenes en la enseñanza secundaria, también es verdad para ti y para mí. No hace falta decir que los hombres necesitan aprender a estar cómodos consigo mismos tanto como las mujeres. El punto es que el primer paso hacia la intimidad con otras personas es la intimidad con uno mismo. Hasta que te sientas cómodo contigo mismo en cada uno de los siete niveles de la intimidad, nunca llegarás allá con otra persona.

Sentirnos cómodos con nosotros mismos es el comienzo de esta intimidad con uno mismo. Muchas de las cosas que nos impiden convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos las hacemos porque tenemos miedo a salir de la multitud. Uno de los momentos esenciales en el desarrollo de una persona es en el que sale de la multitud para defender o celebrar la mejor versión de sí misma. Este alejarnos de nuestros compañeros y adentrarnos en nosotros es particularmente importante cuando se trata de relaciones. Demasiadas personas acaban en la relación equivocada porque no se sienten cómodas consigo mismas y las asusta estar solas.

La pregunta sigue: “¿Cómo aprendemos a sentirnos cómodos con nosotros mismos?

El primer paso es reconocer conscientemente la verdad esencial de la condición humana. Aunque el ser humano es maravilloso y capaz de cosas extraordinarias, todos estamos quebrantados. Todos somos imperfectos. Todos tenemos faltas, fallos, y defectos. Los defectos que despreciamos con tanta frecuencia son, en realidad, una parte maravillosa de nuestra humanidad.

La gran verdad que surge de nuestro reconocimiento de las limitaciones y la fragmentación de la raza humana es que aunque cada uno de nosotros es notablemente único, de una manera muy real somos iguales. En esencia, ninguno es mejor que los demás; y aunque esta verdad puede nublarse por la desproporcionada distribución del poder y la riqueza, continúa siendo una de las verdades esenciales que gobiernan las interacciones humanas.

Si nos permitiéramos reflexionar adecuadamente sobre la verdad que todos tenemos faltas y fallos, nos sentiríamos cada vez más cómodos con nosotros mismos y en compañía de otras personas ya sean reyes o multitudes.

Mientras todos los hombres y las mujeres de todas las profesiones y condiciones sociales pretendan ser más de lo que son, nunca se sentirán cómodos consigo mismos. Solamente nos sentimos cómodos con nosotros mismos cuando reconocemos que tenemos fortalezas y debilidades. La mayoría de las personas pasa la vida tratando de esconder sus debilidades, y eso les cuesta muchísima energía. Cuando reconocemos nuestra fragmentación y nuestras debilidades humildemente, nos liberamos de la gran pretensión; no tenemos que gastar toda esa energía pretendiendo ser alguien que no somos y, sin ocultar nuestras debilidades, somos libres para vencerlas o para aprender a vivir con ellas.

Aunque el papel aguanta muy fácilmente estas palabras y, yo espero, tienen sentido, al igual que con todas las cosas, es mucho más difícil arribar a esta disposición que escribir sobre ella. Volviendo, pues, a nuestra pregunta: ¿Cómo aprendemos a sentirnos cómodos con nosotros mismos? Solamente pasando tiempo solos. Una de las arenas que todo ser humano de grandes logros ha aprendido a dominar es el jardín de la soledad. En el pasado he escrito extensamente sobre el aula del silencio, pero en mis reflexiones recientes he llegado a darme cuenta de que he sido remiso descuidando mencionar el enorme valor de la soledad.

Es en la soledad y en el silencio que más aprendemos sobre nosotros mismos. En esos preciosos momentos, sin ser molestados por el ir y venir del mundo, podemos desarrollar un sentido de nuestras necesidades legítimas, de nuestros deseos más profundos y de nuestros talentos y habilidades. Tenemos mucho que aprender del silencio y la soledad. Tenemos una necesidad tremenda de entrar en las grandes aulas del silencio y la soledad por unos momentos cada día y volver a conectarnos con nosotros mismos.

Puede parecer un poco paradójico, pero el primer paso para lograr la intimidad con otras personas es sentirnos cómodos con nosotros mismos.

La mayoría de las personas no se sienten cómodas consigo mismas. Sé que hay muchas circunstancias en las que no me siento cómodo conmigo mismo, o con otras personas. Por ejemplo, yo soy terriblemente tímido entre extraños. Lo sé, suena absurdo, porque estoy en esos marcos todos los días; no obstante eso me hace sentir muy incómodo. Una vez que conozco a alguien o que he sido presentado, estoy bien, pero pienso que no me he presentado yo mismo a un extraño en diez años.

La mayoría de las personas no pueden ver eso en mí. La idea les parece absurda y tienden a decir cosas como “¡Pero tú hablas frente a miles y miles de personas!” No importa; eso es diferente. Sólo las personas cercanas a mí se dan cuenta, con el tiempo, de esta extraña timidez.

Escribiendo, se me ocurre que tendré que forzarme para presentarme a algunos extraños en los próximos días y semanas; hacerlo me ayudará a crecer, a sentirme más cómodo conmigo mismo.

De una u otra manera, la mayoría de las personas no se siente cómoda consigo mismas y su incomodidad puede limitar la experiencia de la intimidad. Si vamos a experimentar intimidad—es decir a revelarnos— hasta cierto punto, tenemos que conocernos y sentirnos cómodos con nosotros mismos. Digo “hasta cierto punto” porque nadie se conoce ni está cómodo consigo mismo completamente. ¡El esfuerzo para conocernos verdaderamente a nosotros mismos es un esfuerzo de toda la vida, muy parecido a nuestra búsqueda para convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos!

El primer paso hacia experimentar una verdadera intimidad es sentirse cómodo con uno mismo y aprender a disfrutar nuestra propia compañía.

Más Allá del Mito

Los siete niveles de la intimidad te ayudarán a ir más allá de los mitos y las ilusiones que nuestra cultura moderna sostiene con respecto a las relaciones. Libre de esos mitos e ilusiones, podrás entrar en un verdadero entendimiento y una verdadera experiencia de la intimidad en tu propia vida. Si podemos ir más allá de nuestra visión unidimensional de la intimidad física, y aprender a explorar el aspecto físico, emocional, intelectual y espiritual de nosotros mismos y de ambos, encontraremos la razón para pasar toda una vida juntos.

La visión unidimensional de la intimidad como la relación sexual simplemente no tiene lo que se necesita para mantener una relación; y, aunque nuestra meta principal en una relación no es mantenerla simplemente, la intimidad puede ser verdaderamente experimentada tan sólo en una relación que se extienda muchos años.

La intimidad es una mutua revelación de nosotros mismos; dos personas descubriéndose y volviendo a descubrirse constantemente; es un proceso interminable porque nuestras personalidades tienen un número infinito de capas. Conversación, experiencias compartidas y simplemente pasar tiempo juntos remueven esas capas y revelan aspectos nuevos y distintos de nuestra personalidad. La intimidad es también un constante volver a descubrir porque nuestras preferencias, nuestras esperanzas, nuestros sueños cambian y por tanto la manera en que queremos pasar nuestros días, nuestras semanas, cambia. La intimidad toma tiempo.

Si podemos ir más allá del mito que la intimidad equivale a relaciones sexuales y aprender a disfrutar descubriendo a otra persona en todas las formas maravillosas que eso es posible, las relaciones tienen el poder de alcanzar un nivel de realización y satisfacción que ninguna otra actividad humana puede producir.

Hay una canción titulada “Faithfully”/“Fielmente”, de la banda Journey, que habla sobre la vida viajando como músico, las horas interminables en el ómnibus viajando bajo el “sol de medianoche”, y la separación de familiares y amigos que esa vida crea. Un verso siempre me ha impactado grandemente. En contraste con las dificultades que estar viajando crea en su relación, el músico canta, “Tengo la alegría / De volver a descubrirte”. Con demasiada frecuencia cometemos el error monumental de pensar que conocemos a una persona. Esta suposición puede paralizar el crecimiento de una relación y contener el crecimiento de una persona. Es imposible conocer a una persona completamente. Y debido a que estamos cambiando constantemente como individuos, constantemente hay nuevas facetas en nuestra personalidad para que quienes nos aman las descubran.

La verdadera tragedia es que una vez que nos engañamos creyendo que conocemos a una persona, dejamos de descubrirla. Si hace algo que no viene bien con el molde que tenemos de ella, decimos, “¿Por qué hiciste eso? ¡Esa no eres tú!” En una relación, el proceso de descubrir a otra persona es interminable. Descubrirse mutuamente una y otra vez es intimidad. No es una tarea que hay que terminar para poder pasar a la próxima; es un proceso para ser disfrutado.

Puedes pensar que conoces todo lo que hay que conocer sobre tu pareja, pero te asombrará lo que te estás perdiendo si te decides a echar otro vistazo.

De modo que, de vez en cuando, puede ser útil enfocarse como si fuera la primera vez. De esta manera experimentarán la alegría de volver a descubrirse.

La intimidad no siempre se trata de ver cosas nuevas. Algunas veces se trata de ver lo que siempre ha estado delante de ti, pero a una luz diferente o con una nueva perspectiva.

Spanish Edition The Seven Levels of Intimacy (Paperback)

by Matthew Kelly

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About Spanish Edition The Seven Levels of Intimacy (Paperback)

El arte de amar y la alegría de ser amado.

Todos ansiamos intimidad, pero la evitamos. La queremos mucho, pero huimos de ella. En algún nivel profundo, sentimos que tenemos una gran necesidad de intimidad, pero tememos llegar allí. ¿Por qué?

Evitamos la intimidad porque tener intimidad significa exponer nuestros secretos. Ser íntimo quiere decir compartir los secretos de nuestro corazón, de nuestra mente y de nuestra alma con otro ser humano frágil e imperfecto. La intimidad requiere dejar que otra persona descubra qué nos mueve, qué nos inspira, qué nos dirige, qué nos devora, hacia qué corremos, de qué huimos, los enemigos que yacen en nuestro interior y nos destruyen y qué sueños locos y maravillosos tenemos en el corazón.

En Los Siete Niveles de la Intimidad, Matthew Kelly nos enseña de una manera práctica e inolvidable cómo conocer estas cosas nuestras y cómo compartirnos más profundamente con las personas que amamos. Este libro cambiará para siempre tu manera de abordar tus relaciones.

Product Information

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Author Matthew Kelly

ISBN 978-1942611981

Publisher Beacon Publishing

Book Format Paperback

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